Ahora nos inspiramos en una mini novela, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia o quiza es fuente de inspiración.
Nuestra historia comienza en nuestro querido pueblo “Más allá de las gallinas”. Un pueblo pequeño donde todos se conocen, todos saben los asuntos de los demás, los chismes, las muertes, los abandonos, lo amoríos, en fin; donde la vida de los personajes se entrelazan para crear una historia que estoy por comenzar.
Yo soy el boticario, simplemente Don, el personaje chismoso del pueblo, aunque la verdad no me considero chismoso, soy a quien acuden los habitantes de más allá del gallinas para comprar sus remedios, algunos caseros, alguno que otro simplemente agüita pintada, tipo placebo, que sé, que va a calmar a uno que otro que sólo tiene ansiedad. En fin, es por eso que me entero de casi todas las cosas que suceden en nuestro tranquilo pueblo. En sí, en sí no soy chismoso, simplemente todos los asuntos tarde que temprano pasan por mi negocio.
Todo comenzó, un día lluvioso, después de muchos días sin tener lluvia, los habitantes de más allá de las gallinas teníamos tiempo de quejarnos del calor, y de venir a mi negocio a comprar, agua vitafina, una marca de aquí de nuestro pueblo, que un misterioso comerciante, que no radica todos los días aquí, nos trae, y es nuestra agua preferida.
Un carro viejo maltratado, de quien sabe qué año, no soy muy bueno con los modelos, se acerco a la hacienda “Quinta Real las Guajolotas” de Doña Juana Na, el carro se detuvo por un momento y dejo a un muchacho que, después me entere, sería un nuevo peón de la hacienda, un sobrino de Don Pepe, quién ya tenía años de servir a Doña Juana Na, y que supuestamente vendría a ayudarle con todos sus asuntos. Supuse entonces que no sería algo fuera de lo común pero para mi sorpresa este muchacho vino a revolucionar nuestra tranquilidad.
–Abre la puerta Pepe, ya llegó este muchacho tuyo, tarde pero llegó, dile que se apure que tenemos goteras otra vez y ni tú ni yo alcanzamos-. Dijo Doña Juana Na. Mientras la perra ladraba para avisar que alguien había llegado. La perra estaba esperando a sus perritos así que no podía correr mucho por la haciendo y era la consentida de Doña Juana Na.
Al instante Don Pepe corrió hacia la entrada y abrió la reja. Doña Juana Na, era un mujer alta, de facciones finas, de carácter, mmm, diría yo “rudo”, sabía cómo mantener un hacienda funcionando al 101 por ciento. Una maestra en las cuentas y computadoras, en las sumas y las restas, en la famosa regla de tres, que poco le sirvió en cosas del amor. Una mujer que había tenido que hacerse cargo de la hacienda desde pequeña, aprendió a vivir sola, a no depender de nadie para salir adelante. Algo admirable y contraproducente en cierto sentido, porque los sentimientos no pueden manejarse tan bien como los números. Mucha gente del pueblo tenía cierto miedo-respeto por ella. Pero Don Pepe y yo éramos los que más la conocíamos en cierto, sentido. Don Pepe su mano derecha y yo pues como les dije, me tuve que enterar de varias cosas suyas gracias a que tuve que ayudarle.
El nuevo peón se presento con Doña Juana Na.
-Buen día Doña, soy Chch- con cierta timidez, pero Doña Juana rápido captó que este peón no sería igual a los demás. Aparte de su físico, que Doña Juana Na admiró al instante, pero no causo ningún tipo de movimiento en su expresión, notó que la timidez de Chch era solo para aparentar ser sumiso ante su nueva jefa.
-Llegas tarde y justo en el momento de la lluvia- Comentó Doña Juana Na. Como si la lluvia fuese culpa de Chch, pero a Doña Juana no le importaba tanto la lluvia, sino que sus preciosos muebles estaban llenos de agua y nadie podía en ese momento ayudarlos.
-En seguida le ayudo, Doña-dijo Chch. Y él y Don pepe taparon provisionalmente las goteras.
-Mañana hay que ir a buscar quien las pueda tapar bien, porque eso que hicieron no aguanta otro aguacero como el de hoy-. Dijo Doña Juana Na. Al ver el trabajo que no fue casi perfecto de sus ayudantes.
Chch en ese momento se dio cuenta que su nueva jefa sería difícil de complacer. Lejos estaban de los días en los que Doña Juana Na casi pierde la cabeza, el corazón mejor dicho.
Al otro lado del pueblo en una humilde casa, sin opulencia, casi, casi fuera de la realidad, vivía Berta Sparrou, una niña muy inocente, muy amable, de un corazón bueno . La típica soñadora que esperaba al príncipe azul, o bueno algún príncipe, ya no digas azul, del color que sea y ni príncipe, alguien. Pero que no se complacía con los “príncipes del pueblo”, sino que buscaba al hombre de sus sueños.
Berta Sparrou era amiga de la niña de los novios, bueno no tan amigas, eran conocidas de años, empezaron una tiendita juntas a la cual le pusieron “las del sur”, pero que no les funcionó por diferencias entre ellas, aún así seguían frecuentándose seguido, ya que aquí en el pueblo la mayoría de las personas decidía juntarse con “los nuevos ricos”. La niña de los novios era la causante de varias cabezas perdidas de los hombres del pueblo. Pero ese no fue el problema entre ellas, simplemente diferencias irreconciliables.
Esa misma noche lluviosa Berta Sparrou soñaba despierta con el hombre de sus sueños. Suspiró. -Sí tan solo, llegar en un día como éste, y me llevara, de este pueblo mal oliente, antiguo, y moralista- Berta esperaba con ansias el día donde conociera al hombre de sus sueños. Lejos estaba también, Berta de saber que había llegado un hombre que probablemente fuese el de sus sueños. Si no el perfecto, ni el príncipe azul, sí el que haría de la vida de Berta un torbellino de emociones. Y la introduciría a nuevas experiencias, la más importante a la del amor.
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